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22/09/2025. Publicado por Jon Aramendía Huarte

Y mañana será más bonito




Y mañana será más bonito.

 

El catorce de septiembre era domingo. Sara preparaba la cena y el almuerzo para el día siguiente. Tenía turno de mañana en la fábrica y necesitaba acostarse temprano. La televisión de la cocina estaba encendida con el único fin de hacerle compañía, pero el programa de variedades anterior había terminado y la crónica política se coló contaminando la calma hogareña con sus voces crispadas a favor o en contra de esto y de aquello.

Los domingos solía sentirse un poco triste. Además, la noche siempre despertaba en ella temores que las tenebrosas noticias alimentaban con generosidad torticera. Cambió el canal. La reguetonera Carol G cantaba una canción llena de optimismo caribeño titulada «Mientras me curo el cora» junto a Andrea Bocelli, dulcificando el ambiente con sus voces a coro y su aspecto más que pulcro. Mucho mejor, pensó Sara mientras lavaba la fruta y vigilaba el borboteo amable del sofrito, tarareando el pegadizo estribillo ―¡y mañana será más bonito…

Por lo visto, el papa León XIIIV había celebrado sus setenta cumpleaños con un gran concierto en la abarrotada plaza de San pedro. El comentarista alababa con exceso innecesario el recato deslumbrante del vestido de la, habitualmente, provocadora cantante, la voz de su envarado compañero invidente y las magníficas actuaciones de otros artistas de talla internacional…   En su discurso, el Pontífice, añadía el locutor ahora con sobriedad respetuosa, había agradecido el cariño de los fieles y pedido que arraigaran el amor salvador en ellos, así como que se diesen los unos a los otros como Cristo se entregó a todos en su suplicio. También reflexionó sobre la cruz como un instrumento de vida transformado por el amor de Dios y concluyó su mensaje con una invitación a la santidad y a la búsqueda de la paz.

A Sara, todas esas palabras le parecieron absurdamente huecas, casi grotescas. En semejante contexto de festejos, diseño de marca y despilfarro, las palabras paz, amor y todas las de la familia del buen sentir, chirriaban sobre manera. Más, cuando de seguido se derrocharon admiraciones sobre el despampanante y sincrónico espectáculo de luces protagonizado de tres mil disciplinados drones. Sara se secó las manos con un disgusto garboso, cogió el mando a distancia y volvió a cambiar de canal. Entonces todo el horror del mundo entró al asalto en su cocina. Explosiones, gritos, lloros… personas ensangrentadas y polvorientas, entre las que había muchos niños, yacían desparramadas por el suelo junto a montañas de edificios reducidos a escombro. El ejército israelí continuaba con la demolición y exterminio de civiles en la ciudad de Gaza. El corresponsal era firme y escueto, casi podía percibirse en sus palabras el matiz trémulo de la indignación, el peso de la derrota total. Las imágenes de luminosos bombardeos nocturnos y los enjambres de drones asesinos, que mostraron a continuación, guardaban un parecido insoportable con los espectáculos vaticanos. Sara se preguntó cómo podía ser. Ella no creía en divinidades, ni en Cristo, ni profesaba religión alguna, pero pensó que, si los dioses, profetas y apóstoles que se habían inventado unos y otros levantasen la cabeza, no estarían muy contentos con la actitud de sus fieles. Mientras unos asesinaban impunemente a toda una población de inocentes, otros festejaban aparentemente ajenos al horror.  Sara apagó la televisión conteniendo el desbordar de una lágrima y repitió incrédula el pegadizo estribillo―¡y mañana será más bonito!…