
12/10/2025. Publicado por Lucía Otero Rodríguez
Yo a mi amiga Enriqueta, compañera de la biblioteca, la quiero mucho… si no fuera porque se enreda y enreda mis pensamientos como los puñeteros cables de los auriculares de mi ordenador.
El otro día, sin ir más lejos, se estaba tomando… atención… un carajillo de té.
Sí, sí… carajillo de té.
Y digo yo: Enriqueta, para ser vegetariana y jamón de jabugo de 5 jotas, no hace falta ponerle té al carajillo… eso no compensa, tía. ¡Eso es como pedirte una ensalada y echarle nocilla al aceite!
(Cambio de tono, más animado)
Total, que yo estaba ahí contándole el flipe de la presentación de mi libro: “Encuentro y desencuentro en tres fases”:
Tía, abro el libro… (gesto teatral de abrir un libro)
y de pronto… dos palabras salen corriendo. ¡Corriendo! Como si las persiguiera el mismísimo diablo. La gente del público gira la cabeza así, como en el tenis (mirada a un lado, al otro, sincronizada con el gesto)… hasta que las palabras desaparecen por la puerta.
Y claro, luego me miran a mí, con cara de…
¿A quién se le ocurre ponerle un título así a un libro? —me interrumpe Enriqueta. “Encuentro y desencuentro en tres fases”. ¿Tres? Si ya dos son demasiadas… como con el tontolaba de mi novio: estás más salida que un corcho en una botella de champán y va y te salta:
(imitando voz mística)
—“Hoy no puedo… no puedo perder mi energía jing.”
¡Esa!… la primera fase.
La segunda la remato yo…
—“Mira, pues me viene genial ahora, así no tendré que cocinar, ni planchar, ni criar a dos mocosos el resto de mi vida.” En dos fases, finiquitado. Pero…lo tuyo, más que una novela, tía, parece un calendario lunar.
Enriqueta, le digo, no te estoy hablando de mi libro, ni del título de mi novela, sino de DOS PALABRAS QUE SE HAN ESCAPADO DE MI LIBRO.
¿Dos palabras? —me responde como gallega de Carriño.
Sí, dos palabras.
¿Y qué palabras son esas, pues? Ahora salta a navarra de Sobrante.
“Encuentro y Desencuentro” —y nada más decirlas— Enriqueta empieza a frotarse las manos así (gesto de codicia exagerada):
—Ayyy… eso suena a pareja de gemelos herederos, ¿eh?
Digo, Enri… son palabras, no herederos de un cortijo.
—Bueno, bueno, tú déjalas correr, que si las pillo yo las emparejo.
—Las caso en la próxima feria del libro de Pamplona. Mira qué bien suena: “Encuentro” de chaqué, “Desencuentro” de encaje…
Y yo: ¡que no son personas, Enriqueta, son palabras que se han escapado!
—¡Pues habrá que ponerles una orden de búsqueda y captura lingüística!
(Se acelera la voz)
Y ahí que se me pone… ¡a montar un operativo!
Se levanta, saca del bolso una libreta, un boli, y empieza a interrogarme:
—¿Cuándo fue la última vez que viste a Encuentro?
—¿Tenía tilde?
—¿Iba acompañado de algún verbo sospechoso?
—¿ME QUIERES ESCUCHAR DE UNA VEZ? —le digo yo, ya enfurecida.
Y ella, toda seria, con cara de inspectora de la gramática, se vuelve a sentar:
—Yo intuyo que es culpa de Desencuentro.
—¿Cómo que culpa de “Desencuentro”?
—Sí, mujer, es normal en casos de preposición.
—¿Preposición?
—Sí, cuando una palabra se siente des-plaza-da… se va. Ya le pasó a desaprender.
—¿Cómo que “se va”?
—¡Se escapa, como tu ex!
(Una voz pausada)
—Mira, esto es de manual de las relationship: primero Encuentro intenta mantener la relación: una cita de Flaubert, una prosa cuidada y exquisita, un que no quiere… pero deja un poema a mitad de la historia y, cuando la acción alcanza su climax… Desencuentro se le cuela entre las páginas, lo encandila, lo tergiversa todo y ¡pum!
¡Fuga sintáctica en toda regla!
Y yo la miro… con esa cara de “esto empezó con un carajillo de té y ahora tengo una fuga sintáctica en mi obra”.
Y ella sigue:
—Si no las encuentras pronto… cuidado… que se te cuela mismamente un adverbio o una conjunción posesiva y eso ya… no hay corrector que lo arregle.
Y de pronto, Enriqueta cambia el gesto. Se le iluminan los ojos. Se levanta despacio, como si le acabaran de dar una misión secreta de la RAE:
—Tranquila. Para esto… tengo un plan de emergencia gramatical.
—¿Un qué?
—Un plan. Aquí también tres, nivel tres. Vas a vender más libros que Pérez Reverte y su Alatriste.
Yo ya empiezo a temblar.
Ella se levanta, se pone las gafas sin cristal —porque Enriqueta siempre dramatiza— y empieza:
— Hay que infiltrar agentes literarios: palabras de reemplazo, discretas, que no levanten sospechas.
Ya lo tengo: “Reunión” y “Disgusto”.
—¿Pero eso no suena un poco a comida familiar?
—Shhhh… déjame trabajar.
—Segundo paso: sellado ortográfico.
Saca un rotulador fluorescente y empieza a subrayar el aire.
—Esto es para que las palabras fugitivas no puedan reentrar por los márgenes… como las cucarachas.
Y el tercero ya es pura Enriqueta:
—Si nada funciona…
—…recitas en voz alta tres veces: (solemne) “Cervantes, perdona mis erratas como yo a ti te he perdonado” y soplas entre las páginas.
—¿Qué?
—Es un conjuro editorial. Me lo enseñó un editor de la Sakana.