
11/05/2026. Publicado por Mar Echenique González
En germánica y puntual jornada nos reunimos dieciocho buscadores de tesoros, un sábado nueve de mayo, con pronóstico climatológico de inestabilidad persistente, en el aula sexta del Palacio del Condestable de Pamplona.
Creo que mereció más que la pena madrugar aquella mañana para asistir, entre sorprendidos y anonadados, a una clase magistral de un maestro, que apenas nos permitió ni descanso ni tregua.
Respirar juntos ese mismo mar literario nos unió por unas cuantas horas, es decir ocho, a todos nuestros antepasados letraheridos, desde San Juan de la Cruz hasta Alejo Carpentier, pasando por Kafka, Manuel Mújica Laínez, Rubén Darío, Nicolas Guillén, Dostoyevski y tanto otros que en el mundo han sido…
Se hablaba de ingenio creativo y de tanto buscarlo también nos aproximamos a artistas como Miguel Ángel, filósofos como Aristóteles o cineastas de la talla de Alfredo Hitchcock.
Pero no, no debería emplear una expresión tan manida como “de la talla de”. ¿Qué podría escribir?
¿“De la envergadura”? (demasiado pomposo)
¿“Del calibre”? (demasiado coloquial)
¿“De la altura”? (demasiado oído)
¿“Del nivel”? (demasiado matemático)
Pues como en literatura menos es más; lo que no suma, resta y lo que no aporta: ¡fuera!, elijo quedarme sin parangón para el maestro del suspense.
Del suspense también se predicó: nuestra obligación es mantener en el lector la emoción, el misterio, la incertidumbre. Y no dejarle al final en la estacada (perdón, se me escapó “en la estacada”, otra frase hecha).
Pero sigamos.
Se nos exultó a ser genuinos, a ahondar en nuestro interior, a encontrar nuestros más íntimos designios para ser capaces de comunicarlos sin estrellarnos contra las cacofonías, las duplicaciones, las desinencias, las redundancias o las nimiedades.
Y comentando sobre la obligación de la autenticidad y la originalidad de cada cual, llegamos al Génesis, y aquello del pecado original provocado por la ingesta del fruto del árbol del conocimiento, que la juguetona serpiente ofreció a Eva y que ella dio a Adán y él la probó para alcanzar, glorioso y humano deseo, el goce del libre albedrío. ¿Juguetona serpiente? ¿Glorioso y humano deseo? Me temo que estoy adjetivando en demasía.
Atreverse a experimentar e innovar puede ser tan peligroso como comer del fruto resultó para nuestros primeros padres. El maestro mencionó a Galileo, que supo salvarse del fuego gracias a una piadosa mentira. ¿Y qué es la literatura sino una magnífica sucesión de piadosas mentiras entretejidas para dar gusto y satisfacción, tanto al lector como al narcisista ego del escritor? A quien no mencionó fue a nuestro vecino aragonés, Miguel Servet, que sí acabó sus días en la hoguera, por saber mucho de la circulación de la sangre y, sin duda, muy poco del arte de contar cuentos.
Hubo también ejemplos musicales. ¿Cuál fue la evolución de la música occidental desde los cantos gregorianos (recopilados por el Papa Gregorio Magno) hasta el dodecafonismo, sin olvidar el cante jondo? Busco en la I.A. y encuentro que representa un viaje fascinante desde la monodia religiosa y modal hasta la ruptura total de la tonalidad, transformando la complejidad sonora a lo largo de siglos.
Y sí, de viajes y de fascinación también se conferenció. Y de sonoridades. Porque la palabra, antes que nada, es sonido.
Se analizó mucho a una gaviota blanca que con su esqueleto de viento sobrevolaba el mar. Y bajo promesa de excomunión, se nos vetó el derecho a escribir sobre nieves glaciales, fríos gélidos o calores sofocantes.
El arte de la literatura te enloquece o te sana.
Y en abril, por San Jorge, para regocijo de todos vosotros y de las tres marías (María la editora, María la pintora y María del Mar, la asistente de organización) se celebrará de nuevo, con rosas y libros, nuestra fiesta, la reunión de los escritores avezados y noveles y, sobre todo, muy especialmente, la de los consagrados lectores.
Y así, burla, burlando, he atrapado a los dieciocho.
Y para todos nosotros el maestro Germán Sánchez Espeso lanza el imperativo: ¡Escribid, malditos!