
16/10/2025. Publicado por Mar Echenique González
Me despierto cada mañana sintiéndome pesada, cansada. Un pedrusco.
Me disgusta formar parte del ciclo de la vida.
No levantarme de la cama sería la mejor opción. No subir siquiera la persiana. No abrir las ventanas. Solo dejar que las horas transiten sosegadamente frente al televisor: capítulo tras capítulo, temporada tras temporada, serie tras serie. Mordisquear un trozo de pizza, beber un trago de cerveza, echar una cabezada en el sofá. Desconectar el móvil. No entrar en contacto con nadie que pueda incitarme a salir de la acogedora burbuja de apatía en la que me he instalado.
No me interesan las personas, casi todas me parecen feas. Y gordas. Y charlatanas. Repiten tópicos y se organizan los días en estúpidos rituales: sacar al perro, desayunar, trabajar, comer, ir al gimnasio, a la compra, cenar, sacar al perro. Tampoco me importan las ciencias. Ni las artes, ni la literatura ni la música. Ni la política. Ni la geografía.
Pero, sin duda, lo que más me aburre es el amor. Ese ridículo fingimiento entre dos individuos que declaran quererse por encima de todas las cosas. “Te quiero más que a mi vida”. Que comparten roces y ronquidos cada noche. Que, sin asomo de pereza, vuelan a Bali o a Santo Domingo para beber mojitos y contemplar el atardecer, como si en Madrid jamás se pusiera el sol y estuviera prohibido el consumo de limones, ron y hierbabuena. Que se enredan en grotescas posturas, mezclando sudores y fluidos para conseguir traer un bebé al mundo: alimentarlo, lavarlo, cuidarlo. Y pelear, luego, en un frente abierto donde todo vale, por su custodia.